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Hoy los políticos quieren disfrazarse de “ciudadanos”.

Cómo desbancar al populismo

Hoy los políticos quieren disfrazarse de “ciudadanos”. Es que la crisis de credibilidad de los políticos tradicionales ha dejado grandes interrogantes para los comicios municipales del 23 de octubre próximo. El punto central y real es cómo erradicar el caudillismo, clientelismo y el cohecho soterrado, en las elecciones próximas, entendiendo que en ellas se juega mucho más que el tema del poder municipal, es la gran prueba que marcará el destino y recomposición de la política chilena.

pueblo cultoEn la vida de la ciudad hay realidades muy diferentes que conviven, en armonía o conflictos. La complejidad social de una ciudad patrimonial como lo es Valparaíso, que ha sido maltratada y mantiene un estado de ánimo de desencanto y frustración, hace de las próximas elecciones municipales una situación sin parangón, con la irrupción de una tercera fuerza ciudadana, que se opone a los estilos muy parecidos, usados tanto por la Nueva Mayoría, como por Vamos Chile.

¿Cuáles serían los desafíos de una impronta ciudadana para superar el populismo?

De partida es la clase media la que debiera tomar el toro por las astas, asumiendo protagonismo. De hecho, la marcha contra el sistema previsional reunión sobre 2 millones de personas en todo Chile.

Las familias de trabajo, los comerciantes de los cerros, los oficinistas, los trabajadores del puerto, los funcionarios públicos, los profesores, son una expresión del esfuerzo cotidiano por progresar o sobrevivir al menos, tratando de llegar a fin de mes. Son los sectores medios que pagan sus impuestos, no califican para ningún subsidio y son quienes sufren el impacto de las malas políticas públicas, de la falta de fiscalización a los grupos que controlan la economía. Son las víctimas constantes de un sistema depredador, que abusa impunemente porque, según las evidencias de los últimos años, esos poderes fácticos tienen comprados a representantes populares, partidos políticos y autoridades.

Es la llamada clase media, sobre endeudada, que quiere paz y progreso y cree en la educación como medio de movilidad social; una clase media que ha sido sometida al individualismo como práctica social y ahora asume estar condenada a pensiones de hambre en un panorama estresante. Esta clase media se ha empobrecido y pese a ser un segmento social que se maneja en las tecnologías y las redes sociales, ha estado llena de desconfianza, alejada de la política. Sin embargo, esos sectores buscan reconstruir el tejido social, intentando generar alguna opción de poder que les permita tener influencia en las decisiones de sus barrios, de su ciudad y de su país. Busca, en resumen, recuperar una cultura republicana, asumiendo la realidad de una comunidad que no puede seguir fraccionada si quiere frenar los abusos de los monopolios, los zarpazos al territorio comunal de los poderes inmobiliarios, la corrupción que lo contamina todo.

Pero en la población de la ciudad hay también otra realidad: la de esos sectores que están estratificados como pobres o vulnerables. Grupos que, de su lado, han entendido muy bien la lógica y dinámica del populismo y por ende se manejan en los instrumentos de apoyo de la municipalidad, del Estado o de las iglesias, empadronándose, recibiendo subsidios para pago de servicios, tomándose terrenos, generando campamentos, recibiendo bonos marzo, bonos invierno, aguinaldos dieciocheros, pensiones de gracia. El Estado alimenta a sus hijos con almuerzos en los colegios, subsidios para viviendas sociales. El neoliberalismo le ha dejado al Estado Subsidiario la función social con estos sectores vulnerables, pero en esa acción también aparece el negocio sucio de las corruptelas. En general, los pobres son votos y nada se dice de promoverlos, organizarlos para la auto ayuda, el cooperativismo o las mutuales. Todo eso que suena a colectivismo ha estado vetado en el sistema imperante.

Estos sectores marginales del empleo formal, funcionan en una economía paralela, están en las veredas, no les interesa tener un contrato de trabajo porque los sacaría del estrato de pobres y se terminan muchos apoyos del Estado. Este sector baja de los cerros a trabajos informales, con o sin permiso municipal están en el «mall la cuneta», en la «feria de los cachureos», comercializando mercancías que son objeto de evasión tributaria, conformando una economía soterrada, colindante con los ilícitos. La vista gorda de la autoridad municipal nos habla de populismo y cálculos electorales en desmedro de la calidad de vida de la ciudad.

Se debe agregar al cuadro precedente la existencia de un submundo que opera fuera de la ley, bandas de microtraficantes que actúan en los barrios, jóvenes “noni” que no estudian ni trabajan, pero que están allí, en las esquinas, enredados en adicción o pandillas. De todo este cuadro, podemos obtener una dimensión real de ciudad en decaimiento, con un ánimo de pesimismo que llega a los mismos problemas, de inseguridad, desprotección, suciedad.

Este escenario crudo, cruzado por el nihilismo, el resentimiento, una corriente de feísmo que brota de estos espacios de marginación. El populismo ha manejado esta complejidad social de la ciudad con el caudillismo que puede ejercer desde un municipio, con capacidad de contratar personas o de autorizar actividades de servicios como puestos ambulantes, todo lo cual deja a los municipios un gran poder de acción sobre ese territorio complejo.

¿Cómo revertir este diagnóstico para un nuevo ánimo de trabajo, emprendimiento, orden, paz y solidaridad en nuestros barrios?

En el espacio de los sectores medios, que son los mismos que marcharon en contra de las AFPs, el desafío es hacer que la gente vote y no se abstenga, que la juventud con mayor conciencia cívica apoye a los candidatos jóvenes, resistiendo el anarquismo y otros cantos de sirena que buscarán dividir para seguir reinando. La idea es lograr participación efectiva, luchando por recuperar la soberanía de las juntas vecinales, generar dinámicas de barrio que no dependan de funcionarios pagados por el municipio. Trabajar en función de los barrios en la prevención de delitos, en la seguridad de las áreas comunes, en la protección a los niños y el trabajo coordinado con Carabineros. La gente tiene que reencontrarse y conversar qué forma de barrio, ciudad y país queremos construir. Y aunque se debe entender que las malas costumbres están enquistadas y los operadores políticos seguirán en el mismo estilo demagógico de siempre, los ciudadanos hoy pueden filtrar esos mensajes, los folletos, las gigantografías, las onces o el pago de la luz atrasada. La gente debe recuperar dignidad y saber qué hay detrás de un nombre o de una sonrisa de oreja a oreja. La juventud a través de reuniones, pero principalmente por las redes sociales, debe conversar para erradicar la ignorancia cívica, la abulia de abstención que favorece a los de siempre.

La potencialidad es romper el círculo vicioso y que las elecciones sean sorprendentemente masivas, tumbando gatos porfiados de la política comunal y, con ello, dando un mensaje cívico y esperanzador para todo Chile. Hay espacio para líderes nuevos, para un recambio generacional y se vislumbra una oportunidad de echar fuera al populismo de nuestra ciudad, de manera que el plebiscito sea una herramienta de consulta, que los poderes inmobiliarios no sigan adueñándose de la ciudad y nuestros cerros, que la gente cambie de actitud, hermosee sus barrios, barra sus veredas y cuide responsablemente a sus mascotas. Es una actitud republicana que viene como una primavera alumbrando el ánimo de Valparaíso. Y de esa forma, derrotaremos al populismo y las malas prácticas que nos han hundido en la corrupción como país.

Hernán Narbona Véliz, Periodismo Independiente, 4 de septiembre de 2016. Periodismo.probidad@gmail.com @hnarbona en Twitter.