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El celular en la sala de clases, en vez de prohibir, resulta una oportunidad de conversación y negociación con los estudiantes

De acuerdo a la encuesta Casen 2015, más de un 90% de los chilenos de 15 a 64 años tiene un celular. En el caso de los menores, un 11% de los niños de 5 años tiene acceso y esta cifra va aumentando progresivamente en la medida que van creciendo. Por otra parte, de acuerdo a los datos de la encuesta Kids Online Chile 2016, un 92% de los niños y adolescentes entre 9 y 17 años usuarios de Internet tiene un Smartphone que les permite acceder al mundo virtual. Estas cifras muestran que los niños chilenos están conectados desde edades muy tempranas a las nuevas tecnologías.

Magdalena Claro es socióloga y profesora asistente de la Facultad de Educación de la UC.

No es claro el impacto que el acceso al celular tiene en el desarrollo de niños y adolescentes. Sin embargo, desde el mundo escolar, hay docentes que señalan que la presencia de celulares en la sala de clases y recreos resulta disruptiva, generando problemas de distracción y convivencia. Como una manera de enfrentar estos problemas, se han presentado dos proyectos de ley en el Congreso Nacional. El primero, de un grupo de diputados de las bancadas DC, RN, PR y UDI, liderado por el diputado Osvaldo Urrutia, que busca restringir el uso del celular dentro del aula, estableciendo que el profesor los puede permitir para el uso de software con fines educativos. El segundo, de un grupo de senadores de la Nueva Mayoría, liderado por Juan Pablo Letelier, que busca prohibir el uso de celular en el colegio en general, aduciendo potenciales efectos negativos en el desarrollo neurológico y social de los estudiantes. Estas iniciativas se alínean, además, con un movimiento en otros países como Francia, donde si bien ya existía una poco usada ley del año 2010, se acaba de aprobar una nueva que busca ser más efectiva en la prohibición del uso de celulares en los colegios por parte de estudiantes hasta los 15 años.

Si bien la discusión que se ha generado en torno a estos proyectos de ley es positiva, centrar el problema en los celulares nuevamente elude el problema de fondo sobre la profunda crisis de nuestro modelo educativo. Esta crisis se expresa en muchas áreas, pero una de las más complejas es el cuestionamiento de la autoridad del profesor. Enfrentar este problema va mucho más allá de crear un par de proyectos de ley. La autoridad del docente no se resuelve por decreto ni tampoco aislando las paredes del colegio del mundo digital en que viven los niños y niñas, sino procurando que los docentes del país tengan la preparación, apoyos y condiciones básicas para formar a los estudiantes para el mundo digital que les toca vivir. Lo anterior implica asumir que el docente debe cumplir un rol diferente al de décadas atrás: un rol que ya no puede estar centrado en la transmisión de un currículum sobrecargado de contenidos e información. Los niños y niñas saben que gran parte de la información que les entregan sus profesores la pueden encontrar en Internet o mirando un tutorial que muchas veces resulta más dinámico y entretenido. Y sin embargo, reconocen la necesidad de orientación y guía sobre las fuentes que son confiables para aprender en Internet, los pasos necesarios para procesar y comprender la información que encuentran, la forma como pueden participar y colaborar con otros y más en general, los conceptos y criterios que les permitan pensar y actuar de forma crítica y creativa en este mundo digital altamente complejo. En definitiva, competencias para el siglo XXI.

Finalmente, prohibir o restringir por ley los celulares evita las conversaciones que es necesario tener con las nuevas generaciones: reflexionar con ellos sobre los pros y contras de las tecnologías en sus vidas y aprendizajes. Les hablamos mucho a los estudiantes sobre el respeto y la confianza y sin embargo con leyes de este tipo les estamos diciendo “no toquen sus teléfonos porque no confiamos en lo que hacen con ellos”. Los niños tienen un sentido claro de lo que es justo y razonable. Valoran que los traten como personas dignas de respeto, pero también aprecian los límites. La conversación, el diálogo y la negociación los transforma en ciudadanos más cooperativos y reflexivos. En este sentido, entender el celular y las nuevas tecnologías que aparezcan en el futuro no como una amenaza, sino como un nuevo espacio de conversación y negociación con los estudiantes, resulta una oportunidad y también un deber formativo.

Columna de opiniòn de Magdalena Claro es socióloga y profesora asistente de la Facultad de Educación de la UC, investigadora miembro del CEPPE UC. Doctora en Ciencias de la Ingeniería (Ciencias de la Computación), Pontificia Universidad Católica de Chile. Master of Arts in Social Sciences in Education, Stanford University, Estados Unidos.